La Doctrina Estrada: Una neutralidad falaz

Grecia Argel Camacho Domínguez, Alejandro Gallardo Rodríguez

y Luis Alberto Barradas Palmeros.

La Doctrina Estrada ha sido motivo de orgullo para la política exterior mexicana, pero hoy la ponemos en tela de juicio porque sus preceptos permiten una ejecución ambigua que ha agudizado nuestra dependencia hacia Estados Unidos y nos ha aislado de América Latina.

Esta doctrina debe su nombre a quien fuera Secretario de Relaciones Exteriores en el gobierno de Pascual Ortiz Rubio: Genaro Estrada. En 1930, declaró que, entre otras cosas, la política exterior mexicana buscaría la neutralidad y el respeto a la autodeterminación de los demás países (ver aquí). Dicha política quedaría consagrada en el texto constitucional hasta la reforma al artículo 89 fracción X de 1988.

La Doctrina Estrada tiene un respaldo conceptual valioso. Se consideró una política que podía frenar diplomáticamente el imperialismo y el colonialismo de las potencias y, que al mismo tiempo, nos podía vincular con otros países bajo dichos principios. Con ella, México reconociéndose como afectado por el intervencionismo estadounidense y el colonialismo español, defendería con legitimidad histórica la autonomía de los pueblos. No obstante, es ambigua. En la práctica ocurre que esa ‘no intervención’ no alude al freno de la intervención de las potencias, sino que justifica la no intervención propia bajo una idea de neutralidad. Habiendo poderes imperantes, la neutralidad se traduce realmente en la permisividad de lo preestablecido.

Por ejemplo, cuando Lázaro Cárdenas en 1939 asiló a 460 niños de España pudo haberse respaldado en el no-intervencionismo que defiende la Doctrina Estrada. Pero en su lugar decidió posicionarse por propia iniciativa. Además de que la configuración internacional lo permitía, porque las potencias que solían ejercer presión sobre México estaban ocupadas cocinando la Segunda Guerra Mundial, esta postura también se puede defender desde la misma doctrina. ¿Cómo es que los mismos principios sirven para justificar dos posturas tan contrarias? Su interpretación es lo suficientemente ambigua como para que la narrativa elegida genere su justificación.

En este sentido, la Doctrina Estrada da para que el mandatario en turno decida qué tanto desea involucrarse en los acontecimientos internacionales. A pesar de que los resultados podrían resultar positivos, vale la pena cuestionarse la funcionalidad de dicha ambigüedad. Basta con voltear a ver el caso de la relación México-Venezuela. Desde la llegada de Chávez al poder, Estados Unidos ha sido insistente en que Latinoamérica le acompañe en su postura anti-chavismo. No obstante, acciones como el retiro de embajadores por parte de Fox; la comparación Chávez-López Obrador por parte de Calderón; y las críticas de Videgaray a Maduro en el periodo de Peña Nieto, dan muestra de que la Doctrina Estrada puede ser sencillamente burlada apelando a interpretaciones diversas del 89 constitucional.

En el caso actual, algunos de los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador han aseverado que la postura ‘neutral’ del nuevo gobierno ante las dictaduras venezolanas y nicaragüenses, recuperan el sentido de la Doctrina Estrada que sus antecesores habían dejado. Y podría ser cierto, sin embargo, olvidan que esta postura sirve para no interferir con los planes de intervención militar estadounidense. En otras palabras: si bien, la postura no apoya a Estados Unidos, tampoco le estorba. ¿Es la omisión una forma de no intervención? El debate conceptual podría tornarse complejo en ese sentido, y todo debido al estiramiento a conveniencia de estos términos. El rechazo al  intervencionismo estadounidense, como motor original de la doctrina, no está encontrando reflejo en ello.

Se reconoce que en la configuración geopolítica que determina la globalización, las hegemonías se establecen mediante el comercio. México destina el 80.2% de sus exportaciones a Estados Unidos. La dependencia es evidente y se manifiesta por el tipo de relación que detenta Estados Unidos, coercitiva, como las amenazas de sanciones económicas a México para que redujera el flujo migratorio de su frontera. En gran medida, eso explica por qué los mandatarios mexicanos han adecuado la Doctrina Estrada a situaciones que posicionen a nuestro país en una neutralidad conveniente para Estados Unidos. Por otro lado, eso también nos da luz para entender por qué Donald Trump logra descalificar con sorprendente fluidez a los migrantes mexicanos: no ve al presidente de México como su par, y esta Doctrina ha legitimado eso.

No es motivo de este texto proponer la nueva doctrina milagrosa que resolverá nuestros problemas de política exterior. No obstante, vale la pena reconsiderar la actual y explorar nuevas directrices que sean menos vulnerables al estilo del Secretario de Relaciones Exteriores en turno.