El presidencialismo mexicano y sus retos

Resumen

El presidencialismo tiene una larga tradición en México, desde hace algunos decenios viene tomando fuerza la idea de virar al parlamentarismo, sostengo que eso no es viable dado que representa un cambio brusco que no garantiza nada.

Existen casos de éxito y fracaso en ambos lados. Lo adecuado es fortalecer las instituciones como elementos de pesos y contrapesos. Teniendo como marco una sociedad activa.

Se plantea una perspectiva histórica y comparada para justificar que ante una sociedad diversa se requiere una democracia de consenso, lo que implica múltiples medidas, sin embargo, para el tópico abordado se propone un periodo más corto y la posibilidad de reelección.

¿Cómo nace el presidencialismo?

El presidencialismo nace en los Estados Unidos de América (EUA) debido a que con su Independencia debieron plantearse el dilema de cómo tener una forma de gobierno adecuada dadas sus condiciones: se liberaban de la monarquía; además, no querían adoptar otra casa reinante, ni elegir entre ellos un rey.

El resultado fue un poder ejecutivo controlado por una Constitución, electo de manera indirecta por un periodo determinado. Eso sumado al federalismo y un congreso bicameral significó encontrar soluciones propias.

Ante la independencia de la mayoría de los países de América Latina a inicios del siglo XIX, el presidencialismo sería una referencia para los nuevos estados. Sin embargo, no tenían condiciones similares a las de los EUA, lo que en los hechos provocó una centralización del poder, con preminencia del ejecutivo sobre los otros poderes ocasionando dictaduras y condiciones de inestabilidad política.

Esto mismo se puede encontrar en México con la salvedad de dos intentos monárquicos: Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo; en el primer caso, se trató de una creación interna, y en el segundo, una familia europea, ambas tentativas fallaron estrepitosamente.

Una larga tradición presidencialista

El presidencialismo en México existe desde su primera Constitución, en 1824; aunque el gobierno por personalidades tiene sus orígenes desde antes de la Colonia. Hay toda una tradición alrededor de un tlatoani, virrey, emperador o presidente fuerte.

Esto no necesariamente ha sido positivo, de hecho, no lo creo, pero ha sido así. De alguna manera, hay una cultura política de súbdito (p.183ss) en la perspectiva de Almond y Verba. Que estaría bajo la línea de una Democracia Delegada (p.12) con relación a Guillermo O’Donell.

Ante esta situación la búsqueda de alternativas ha sido constante, la parte más difícil es cuando se demandan resultados rápidos para salir de problemáticas coyunturales. Así se valoró a Agustín I, Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez, Porfirio Díaz, Plutarco Elías Calles, Carlos Salinas de Gortari o ¿Andrés Manuel López Obrador?

No sólo eso, se han intentado copiar las más diversas figuras estatales: federalismo, presidencialismo, bicameralismo legislativo, ombudsman, … y así nos ha ido. Pareciera que lo que funciona tan bien en otros lugares aquí cuesta trabajo, por decir lo menos. Esperamos, por ejemplo, que ante un sistema inquisitivo sea mejor un acusatorio adversarial en materia penal, pero simplemente los resultados no terminan de llegar.

Sostengo la idea de que trasladar arreglos gubernamentales de un país a otro es un error si está basado simplemente en que en su lugar de origen funciona bien. De hecho, eso pasó en México con el presidencialismo, el federalismo y la división de poderes, pero ahora es lo que tenemos y antes de cambiar necesitamos aprovechar lo que se posee y tratar de darle el mejor enfoque posible.

Considero que la monarquía parlamentaria funciona en general en Europa porque resolvió un problema entre élites: la burguesía y la nobleza, al mismo tiempo generó condiciones de unidad que rescató una larga tradición que sigue teniendo valía.

El semipresidencialismo es útil en Francia porque representó una salida ante la falta de un gobierno monárquico y la necesidad de encontrar equilibrios entre la jefatura de gobierno y la presentación del Estado. Además de requerir un mediador político ante dificultades políticas importantes.

Cuando se encuentran soluciones propias es mejor que simplemente recurrir a modelos.

En todo este tema ¿Por dónde empezamos?

El asunto pareciera tornarse complejo, y lo es, por lo cual se debe fijar una postura para lograr un mínimo de orden en el análisis. Tengo una serie de premisas:

  • Las instituciones importan (Douglass North).
  • México requiere de una democracia de consenso (Arend Lijphart).
  • El cambio institucional debe basarse en nuestras necesidades (Rousseau, Sartori o Nohlen).

Me explico, las personalidad son relevantes y en un país como México más, pero lo que deben fortalecerse son las instituciones (p.9) entendidas como patrones de interacción regulados, que son conocidos, seguidos y comúnmente aceptados. En ocasiones, aunque no necesariamente, las instituciones se convierten en organizaciones formales; se materializan en edificios, sellos, rituales y personas que desempeñan roles que las autorizan a “hablar por” la organización.

Las instituciones son el cuarto tipo de leyes que identifica Rousseau en el Contrato Social (LII,CXII), son las que permiten que la ciudadanía y el gobierno actúen bajo una serie de reglas. Está por demás decir que las instituciones sobreviven a las personas.

Con relación al segundo punto. México tiene a una población diversa en muchos sentidos raciales (creo que la raza de bronce es un mito), de ideología política, perspectiva económica, papel del gobierno, alcance de la religión, etc.

Por lo anterior, no podemos vivir en una democracia mayoritaria (Westminster en términos de Lijphart) en nuestro caso implicaría que cualquier partido con poder considerable entienda que debe aniquilar a los oponentes, por lo menos debe abusar de su condición para generar la mayor cantidad de cambios posibles para lograr imponer su visión de gobierno.

Por el contrario, un espacio de pluralismo limitado o moderado (Sartori) las fuerzas políticas requieren de un mayor consenso para generar cambios que, aunque lentos impliquen ciertos avances, claro ante la desesperación de muchos actores y de buena parte de la población.

Finalmente, ha tenido un costo enorme copiar figuras de otras latitudes o longitudes creyendo que eran la solución, la historia pareciera mostrar algo en ese sentido. Debemos preguntarnos: cómo somos, en dónde estamos y qué necesitamos. Parecen verdades de Perogrullo, pero es necesario expresarlas.

Presento la tesis central: El presidencialismo en México debe fortalecerse institucionalmente haciéndolo lo más compatible posible con una república democrática federal.

Menudo problema definir los tres elementos anteriores, lo haré de manera simple por contraste esperando sea suficiente por ahora. República por oposición a la monarquía. Democracia como preferible al autoritarismo o totalitarismo. Federal respecto del centralismo.

Me detengo ahora para presentar una tabla comparativa que nos permita identificar las características más importantes del Presidencialismo y el Parlamentarismo.

PresidencialismoAspecto o situaciónParlamentarismo
PresidenteJefe de EstadoRey o presidente
PresidenteJefe de GobiernoPrimer ministro
DirectaElección de ejecutivoIndirecta
Independencia formalRelación ejecutivo – legislativoDependencia sustancial
NulaResponsabilidad del gabinete ante el legislativoAmplia
Ninguno En caso extremo juicio políticoControl ejecutivo – legislativoInterpelación, disolución parlamentaria y pérdida de confianza.
RígidoPeriodo de gobiernoAdaptable
EstabilidadFortaleza políticaFlexibilidad
BajaNegociaciónAmplia
Pocos, en su caso la reelecciónEstímulos para negociar y gobernarPermanencia de la coalición gobernante
Suma cero y el ganador se lo lleva todoJuego políticoEquilibrio de pérdidas y ganancias
Tensiones políticas importantesCambios anticipados en el ejecutivoPocos problemas institucionales
NingunoMediadores políticosJefe de Estado
No es posibleRepresentación de la amplia mayoría de la poblaciónJefe de Estado
Alto-medioPersonalización de la políticaMedio-bajo
ConsiderablePosibilidad de outsidersMínima

¿Por qué apostar por el presidencialismo?

Nadie puede dudar de las desventajas intrínsecas del presidencialismo destaca un juego de suma cero en donde el ganador se lo lleva todo, así sea por la mínima diferencia en la votación para tal efecto. Considero que el escrito clásico de Juan Linz de 1985 es el inicio formal de esta discusión en donde se mira al parlamentarismo como una opción, al considerar los efectos positivos que tuvo en la transición española a finales del siglo pasado.

El presidente está en constante conflicto con el legislativo dado que son escogidos por separado y ambos se disputan la representación legítima del pueblo. Con el agravante de que el ejecutivo podrá decir que además es jefe de Estado.

El presidencialismo destaca su estabilidad e inflexibilidad ante una historia de golpes de estado, conflagraciones, traumas históricos, falta de instituciones, etc. pero precisamente eso se vuelve en su contra cuando se requieren hacer cambios rápidos.

En México, eso está empeorado por la falta de reelección, por lo cual lo difícil es llegar, una vez ahí, ya no hay incentivos personales, dado que se dura lo mismo en el poder independientemente de cómo se gobierne. Lo que puede ocasionar daños serios al País, el sistema político y al propio partido de origen.

Pareciera difícil después del recorrido hecho, apostar por el Presidencialismo, pero sostengo que la mayoría de nuestros problemas están más allá del tipo de gobierno. Así que lo mejor es utilizar lo que hemos conocido hasta ahora, pero no logramos que funcione de manera correcta, básicamente por carecer de instituciones que permitan pesos y contrapesos, en donde se debería destacar una población activa.

¿Y el parlamentarismo? Me encanta como funciona …en Europa y sin considerar ciertos casos. De la misma forma en que me gusta el funcionamiento del presidencialismo en los EUA. Por lo tanto, para México cambiar de forma de gobierno implicaría un cambio radical que de hacerse preferiría que fuera gradual. Nada garantiza por si sólo que el traslado tenga éxito.

¿Qué debemos revisar del presidencialismo?

Tengo dos puntos iniciales de los que se derivan otros.

Primero, el periodo presidencial, si ya de por sí se considera que la rigidez del término puede ser un arma de dos filos, lo es más con un periodo de seis años, lo voy a decir de esta forma, nos quedamos solos con un periodo tan largo, en América Latina sólo Venezuela (art. 230 de la Constitución) tiene un periodo igual.

No entiendo por qué ni siquiera se nos ha hecho extraña esta “soledad”, bajo los argumentos del este texto, no tenemos que cambiar para estar en sintonía con los demás, pero el problema es que no hemos realizado una discusión sería al respecto, lo cual es urgente.

Segundo, la reelección, los incentivos para ser un gobierno responsable y que responde están en cierta medida en este mecanismo. Claro, en México es todo un tabú este tema en el ámbito presidencial, pero se debe atender. Por cierto, en este tema también nos hemos ido quedando solos en la zona, buena parte de los países tienen reelección consecutiva o discontinua.

Estos dos temas se deben discutir de manera conjunta dado que, si mantenemos un periodo de seis años, me parece complicado hablar de reelección. De la misma forma reducir el periodo sin hablar de reelección no parece tener mucho sentido.

¿Qué más debemos discutir?

  • La figura de un vicepresidente, que me parece debe ir en fórmula electoral con el candidato a presidente. Esto permitirá tener un proceso sencillo de sustitución si es necesario, y en su caso, un actor político con poco desgaste que podría intervenir en conflictos político – electorales. Aunque normalmente no cumple esa última función.
  • Un jefe de gabinete o equivalente que sea el encargado de las relaciones ejecutivo – legislativo y tenga como función principal la presentación y negociación de las iniciativas de ley presidenciales y el veto. Podría ser electo de manera conjunta y ser responsable ante ambos poderes. De nuevo se trata de generar espacios y actores de negociación.
  • Profundizar en la formación de coaliciones de gobierno que hasta ahora sólo es una curiosidad constitucional (art. 89, fracc. XVII). Necesitamos explorar formas en las cuales el presidente y la oposición puedan interactuar de manera más comprometida.

Se puede iniciar con el hecho de que la coalición electoral debe tener una extensión en el gobierno.

  • La segunda vuelta electoral, que en lo personal estoy en desacuerdo dado que genera una mayoría artificial dado que en los segundos comicios acuden menos personas a votar.

En nuestro caso, cuando un ciudadano observa que su candidato presidencial no tiene oportunidad de ganar se recurre a un voto útil, como se hizo en el 2000, respecto de quienes eran afines a Cuauhtémoc Cárdenas; lo mismo sucedió en el 2006 respecto de quienes deseaban un presidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI). No obstante, estoy convencido de que se debe platicar esta posibilidad.

En algo que está más allá de lo meramente legal me parece que debemos trabajar en:

  • El proceso de selección interna de candidatos, la democracia interna de los partidos es una asignatura pendiente, para el ciudadano puede ser frustrante tener que elegir de un grupo salido (output) de una caja negra en términos de David Easton. Lo que implica no conocer qué fue lo que pasó en el proceso interno, el cual debe realizarse lo más transparentemente posible.

Si comparamos este asunto con los EUA tenemos dos esquemas totalmente diferentes, observamos a una gran cantidad de interesados que se van depurando en función de varios factores.

En México podemos ver sinsentidos como que en la última elección presidencial (2018) existieron candidatos únicos de una coalición de tres partidos.

Esto es lejano a la democracia que se debe caracterizar por una confrontación institucionalizada de ideas y programas.

En otro plano, es imposible creer que en las tres coaliciones electorales no tenían interés o perfil más que para un candidato. Me parece que hubo más bien imposiciones en diferentes grados y sentidos, que nos privaron como ciudadanos de analizar más perfiles para la presidencia de la República.

  • Relacionado a lo anterior, es necesario pedirle a cada partido que defina una postura clara ante determinados temas. El punto deseable es: cada vez votar menos por la persona y más por un programa político. Los temas de manera enunciativa pueden ser: combate a la pobreza, impuestos, ambulantaje, corrupción, aborto, subsidios al campo, política migratoria, inversión extranjera, energía no renovable y alternativa, servicio civil de carrera, deuda gubernamental, elusión y evasión fiscal, política de exportaciones e importaciones, autosuficiencia alimentaria, prioridades en política exterior, seguridad pública, narcotráfico, generación de empleo, salario mínimo, subsidios a grupos específicos: adultos mayores, jóvenes, niños estudiantes, etc.

Es indispensable que no se hable de manera general, sino que se establezcan prioridades, den a conocer cuáles consideran las causas y efectos de los problemas de esa área, de manera concreta cómo resolverlo y de dónde tienen que obtenerse los recursos necesarios.

Por tanto, cuando se vota se requiere saber algo más que una persona con declaraciones generales o ambivalentes dependiendo del público de que se trate. Al contrario, se debe votar por toda una conceptualización de gobierno que implica un compromiso amplio. Desde donde se puede mirar si las acciones de gobierno corresponden o no a lo ofrecido.

Se podrá pensar que todo esto nos acerca al parlamentarismo, puede ser, no tengo problema en que se vea así, más bien el punto es que como se decía en un principio: partimos de lo que se necesita, y es fortalecer las instituciones, mantener el presidencialismo encontrando soluciones para una sociedad diferenciada que debe actuar y relacionarse de una mejor manera.

De manera muy concreta propongo para iniciar la discusión:

  • Un periodo presidencial de tres años, con posibilidad de hasta dos reelecciones. Lo que lleva hasta nueve años en el cargo. Esto me parece que implicaría una mayor necesidad negociación del presidente, estímulos para dar resultados en el corto plazo y pensar en propuestas de largo alcance. En el mismo sentido se puede hacer una sustitución relativamente corta si es necesario.

La elección o reelección se daría en las fechas ya establecidas, si se reelige continua el presidente, si no entrega el cargo a fin de año, en las mismas condiciones que ya se tiene previsto en la actualidad. Esto me parece mucho más adecuado que la revocación de mandato (art. 35, fracc. IX).

Se puede desconfiar del efecto de “arrastre”, pero las elecciones federales deben ser una especie de referéndum, en donde la población decida entre darle todas las condiciones al presidente o colocarle candados vía voto divido. Como se ha dicho, basado en un programa de gobierno.

Esto debería atemperar la idea de que las contiendas presidenciales son a muerte ya que sólo se realizan cada seis años.

Se tienen que hacer ajustes en el legislativo federal, así como en otros aspectos gubernamentales y sociales, sin los cuales no tendría sentido hacer cambios en el presidencialismo mexicano, pero eso requiere de un debate posterior.

Que voten los niños… en situación de calle

Una sociedad se mide por la forma 

en que trata a sus seres más débiles.

No imagino que existan seres humanos más vulnerables que los niños en situación de calle: masculinos, femeninos, indígenas, urbanos, migrantes, etc. Lo increíble es que parecieran no existir para la sociedad y menos para la clase política.

Están ahí, en las esquinas de las avenidas haciendo malabares, cantando, pidiendo limosna, vendiendo dulces, etc. desde temprano hasta tarde, ante la vigilancia de sus explotadores. Sin futuro, sin presente. Frente a todos, pero invisibles. Como si se tratara de un capítulo de Black Mirror, en esta distopía la gente mira sus celulares mientras pasa frente a una realidad insultante.

Estos niños tal vez mueran por el uso de inhalantes, podrán llegar a ser victimarios de otros menores, tal vez sean delincuentes. Difícilmente tendrán oportunidad para convertirse en algo positivo para ellos o para la sociedad que los ve con disimulo, fastidio, pena o asco.

La mayoría de la ciudadanía miramos por el interés propio en medio de los problemas cotidianos, sin un margen mínimo de capital social. Apenas se puede sobrevivir como para pensar en arreglar al que está más allá de nosotros. Terrible, pero comprensible.

En cuanto al gobierno se torna peor, no pueden hacer algo porque… ¡No votan! Esto es, no forman parte del mercado político en donde se intercambian votos por promesas de campaña, este espacio que de por sí es extraño y complejo para Douglass C. North (sec.II) muestra una de sus peores caras.

Cuando se ofrecen acciones gubernamentales para niños se piensan en sus padres como objetivo clientelar. Así se pueden dar becas, uniformes, computadoras, desayunos, etc. Pero en este caso no existe esa posibilidad, para convencer a sus guardianes se requieren de otro tipo de acciones.

De hecho, las únicas acciones (no políticas públicas) que verán estos menores en el horizonte serán ridículos pero populares aumentos de penas, propuestas para disminuir la mayoría de edad, criminalización y estereotipos.

Para estos niños no existe convención, constitución política, ley o cosa por el estilo que los pueda amparar. Una educación precaria sería un lujo que casi ninguno de ellos se dará. Por lo que la Agenda 2030 no forma parte de su realidad. Esto llama la atención, porque los derechos de los niños se han popularizado en el discurso, en las escuelas, formalmente en las sentencias judiciales, en el imaginario social se presenta de las formas más diversas que (incluso diría) han llegado a los excesos, con eso y todo, que bien. Sí, pero no para ellos.

A ellos les reservamos un reportaje en Los demonios del Edén, un papel en Quisiera ser millonario, una canción en Niño sin amor o una composición para mamá de Paquito. ¿Quién podría reclamarles un odio social?, ¿Cómo explicarles que en nuestras prioridades colectivas no tienen importancia?

En una mirada a la Ciudad de México, Guadalajara o el Estado de México en esencia vemos como crece y se hace más complejo el problema, cuando ya de por sí los niños en general no la pasan bien en este País. En América Latina sucede otro tanto: Lima, Buenos Aires o en las regiones de Chile. Aunque no sólo es un problema urbano.

Me parece que como sociedad debemos priorizar lo que debemos enfrentar, entiendo que nuestro problema más serio están en la Inseguridad Pública (p.3), para resolverlo se pueden intentar muchas cosas: comprar armas, capacitar policías, ampliar o mejorar las cárceles, instalar más cámaras de vigilancia, ofrecer recompensas por delincuentes, etc.

Pongo a consideración de la manera más egoísta que dentro de las medidas cruciales que no existan niños en situación de calle, mediante la instalación de albergues en donde reciban educación, cuidados, servicios de salud y lo necesario para su desarrollo hasta alcanzar la mayoría de edad.

Se requiere sensibilizar a una población que dice querer dejar de discriminar, pero se ensaña con este sector. Es necesario recordar que son nuestros niños, por tanto, habrá que cuidarlos ¿cuánto cuesta implementar eso en todo el País? Mucho, sólo eso.

Pero creo que va antes que un peso en publicidad gubernamental, cualquier prestación a funcionarios de alto nivel, el haber de retiro o su equivalente en exceso, el pago fuera de periodo ordinario a un legislador, un monumento, las luces en una fiesta patria y un largo etcétera.

No es cuestión de dinero, se trata de voluntad política. Es poner en la discusión pública este tema y que pueda permear en la agenda política derivando en acciones concretas.

Pero si fuera un lujo una política pública de esta magnitud, sería un honor. Ya nos hemos dado muchos: Salvamos banqueros, recomprando carreteras concesionadas, perdonamos impuestos a los que más tienen, líderes de organizaciones que no pueden justificar su riqueza, aportaciones gubernamentales que no se pueden supervisar, etc.

Aunque pensándolo bien, me parece una utopía, mejor nos vemos en la próxima publicación.